Cuando una familia recibe el diagnóstico de TEA (Trastornos del Espectro Autista) es habitual que sienta que está atravesando momentos de preocupación y angustia. 

La incertidumbre sobre el comienzo de ese recorrido se acumula, mientras que solo se logra ver que ese niño tiene problemas de sueño, dificultades para comer, para hablar,
para entender lo que se le dice, para jugar y relacionarse con otros niños, que llora y sus berrinches no parecen calmarse con nada. 

En este camino, la familia de un niño con autismo necesita fundamentalmente dos cosas: Fuerza y Paciencia. 
Fuerza para no aflojar, para no rendirse. Y paciencia para adaptarse a un nuevo ritmo de aprendizaje, de desarrollo, de crecimiento. 

Empoderar a las familias es clave porque las madres y los padres son quienes más pueden ayudar a ese niño a ser feliz.